jueves, 24 de enero de 2013

Las brujas isleñas.






La huella de los canarios en su búsqueda del sustento en tierras de Latinoamérica fue bastante dinámica en las sociedades de los países donde arribaron. El sincretismo de aspectos culturales y religiosos aun hoy en día se le puede seguir la pista en muchos pueblos donde la emigración isleña fue mayor. 

Entre estos aspectos culturales el que más destaca son los concernientes a las prácticas brujeriles, como parte importante en la actitud del hombre por combatir las oscuras fuerzas maléficas que afecta a su vida terrenal.


Ya en el siglo XVIII, el obispado de la Habana recomendaba a los sacerdotes vigilar en sus respectivas parroquias las practicas paganas de los esclavos negros y poner especial celo con las hechiceras isleñas, cuyas artes maléficas causaban terror entre la feligresía.

Países como Uruguay, donde en el conocido pueblo de Canelones, fundado por emigrantes canarios sirve como ejemplo de esta impronta que tiene a las historias de brujas como telón de fondo. A día de hoy, a los habitantes de este pueblo se les conoce como canarios y son famosos por albergar una rica tradición de brujas venidas desde las islas.


En este sentido, uno de los aspectos más relevantes son las historias y leyendas sobre brujas que en países como Cuba y Venezuela, donde la emigración canaria fue masiva, se relaciono también a las mujeres isleñas con tales prácticas. La etnógrafa cubana Lydia Cabrera, en su libro “Notas sobre las religiones, magia y supersticiones de los negros criollos y el pueblo de Cuba” (1971) sobre esta conexión entre canarios y brujería nos cuenta “muy temible es también la brujería de los isleños, quienes nos han transmitido gran numero de supersticiones y que brujan las isleñas como los brujos de Angola, aunque estos no chupan sangre” Esta asociación viene determinada por un aspecto que del mismo modo se da en las islas Canarias para con las brujas. Quien es testigo de su presencia puede ser objeto de su ayuda por ser una persona buena y de moral intachable o de los peores males por su conducta reprobable.


Muchos de los emigrantes canarios que llegaron a Cuba, estaban casados y desatendían sus obligaciones con las mujeres y niños que quedaron en las islas. Con el tiempo, estos emigrantes tomaban nuevas esposas y tenían descendencia con ellas, muchas mulatas, que profesaban la santería. Esta idea deja la impronta en la tradición popular de la isla caribeña que las mujeres isleñas en venganza por el abandono de sus maridos, volaban desde la Isla Canarias en sus escobas, para entrar en los hogares de la Cuba rural y matar a los niños pequeños, habidos de sus nuevas parejas, chupándoles la sangre.


Esta idea de brujas vampiras las encontramos también en los cuentos sobre estas mujeres maléficas en la isla de La Gomera, no pudiendo determinar si son fruto de la misma tradición que se tenía en Cuba y que vinieron con los canarios que retornaron a su tierra natal.

Altar de Palo Mayombe



La población negra de la isla caribeña fue quien más sincretizó estas tradiciones brujeriles, por estar más relacionados con la emigración isleña, incluso como vimos anteriormente, dándose matrimonios entre ambos. Como nos dice la etnógrafa cubana Lydia Cabrera, en su obra anteriormente citada, los criollos negros decían de los canarios que “de los isleños hay que cuidarse, porque saben mucho de brujería” Fruto de este sincretismo hoy en día encontramos elementos como la leche de cardón, una planta abundante en los terrenos de costa en Canarias, que se utiliza en santería para curar y ahuyentar ciertos maleficios. Otro elemento que se utiliza son los granos de ajonjolí (sésamo) como sustitutivo de las semillas de mostaza para hacer desistir(a las brujas en la isla de La Gomera, se le ponían granos de mostaza debajo de la cuna del recién nacido, pues se decían que no podían resistir la tentación de contar los granos, y de esta manera se entretenían hasta el primer canto del gallo, momento en que debían de volver antes del amanecer)  a las brujas en su empeño por chupar la sangre de los niños de corta edad.


Además este conocimiento de los santeros negros, sobre el poder de las brujas isleñas, hizo que se entremezclaran elementos de las religiones afrocaribeñas con las de tradición sobre brujas canarias. El Ndoki es una raza de vampiro, que se alimenta de sangre en las tradiciones brujeriles de Angola y que fue importada a la isla de Cuba con los esclavos negros junto a los demás elementos de credo de la santería. Con el paso del tiempo la población negra de los campos, identificó a los Ndoki con las brujas isleñas, atribuyéndoles su faceta vampírica.


Como hemos visto, estos y otros muchos elementos son los que conformaron la fama de temidas y chupadoras de sangre de las brujas isleñas en tierras de América. Forjadoras de muchas leyendas fuera de las fronteras de su tierra natal, las Islas Canarias y que quedaron en la memoria colectiva del campesinado criollo, incluso, plasmadas en poesías épicas, inspiradas en la tradición oral como los del cubano Julio Crespo, quien recoge en sus versos “El quebracho de las brujas” como el lugar donde las brujas isleñas se reunían en el municipio de Holguín, Cuba, para atemorizar a la población:

"Y cuando el sol se ponía
Detrás del monte dorado

El quebracho del poblado
A varias brujas reunían

Toda mujer que paria
Durante la cuarentena
Con velas en cada cena

A estos seres ahuyentaban
Porque así no le chupaban
Sangre a tú niño o a tú nena".