viernes, 15 de febrero de 2013

San Borondón, la Nom Truvada.







Muchas son las islas rodeadas de misterios, que desde la antigüedad pueblan las leyendas de diferentes pueblos. Las apariciones y avistamientos de muchas de ellas provocaron que en las cartas náuticas del pasado fueran reflejadas estas misteriosas ínsulas, siendo posteriormente imposibles de localizarlas en las coordenadas donde se las situaba. Estos errores fueron corrientes incluso a principios de siglo XX con las técnicas de navegación más avanzadas que en siglos anteriores. Tal es el caso del buque ingles Glewalon, que en 1912 comunicó cuando llegó al puerto de Valparaíso (Chile) el avistamiento de una isla desconocida, situada a los 64 grados de latitud Sur y 82º 10’ de longitud Oeste. Todos los oficiales del barco confirmaron la afirmación del avistamiento hecha por el capitán. Sin embargo, el buque-escuela Baquedano enviado por la marina chilena para comprobar la veracidad del sensacional descubrimiento fue en vano, pues no se encontró ninguna isla en las coordenadas facilitadas por el buque ingles y tampoco en varias millas alrededor de dicha posición.

La isla de San Borondón

El ejemplo más significativo de estas esquivas ínsulas la tenemos en la famosa leyenda de la isla de San Borondón, todo un icono de las tradiciones en Canarias, la cual forma de alguna manera parte de nuestro acervo cultural y mitológico; dando nombre tanto a barrios de la geografía, topónimos e incluso a un programa de radio sobre temáticas de misterio en las islas, “Crónicas de San Borondón”.

La existencia de esta legendaria isla tiene su punto de partida en el fabuloso viaje de un monje irlandés, San Brendán. Sus aventuras fueron recogidas en el códice Navigatio Sancti Brandani que parece fue un autentico revulsivo literario en la Edad Media. En este relato, se cuenta los viajes de este monje por las ignotas aguas del atlántico, estando en muchas isla, que mas tarde se han identificado con Canarias, de ahí que esta extraña y escurridiza isla tome el nombre del santo irlandés.

Es muy probable que tal fenómeno extraño ya fuera observado por los antiguos canarios y que más tarde con la llegada de los conquistadores, fuera identificada con las sagas de San Brendán, pues es a partir de los siglos XV y XVI que se generaliza la opinión en Canarias de que la enigmática isla que aparecía y desaparecía hacia el Oeste o también hacia el Norte del archipiélago canario, tenía que ser la isla de San Brendán. Fue de tal grado la fascinación que produjo en los colonos que llegaban a Canarias que incluso Cristóbal Colón, a su paso por La Gomera, dejo reflejado en su diario de abordo el siguiente comentario:

“Dize el Almirante que juraban muchos hombres honrados españoles que en La Gomera estaban con doña Inés Peraza, madre de Guillén Peraza que después fue el primer Conde de La Gomera, que eran vecinos de la isla del Hierro, que cada año veían tierra al vuestre de las Canarias, que es al poniente; y otros de La Gomera, afirmaban otro tanto con juramento. Dice aquí el Almirante que se acuerda que estando en Portugal el año 1484 vino uno de la isla de la Madera al rey a pedir una carabela para ir a esta tierra que vía, el cual juraba que cada año la vía y siempre de una manera”

Más tarde diferentes expediciones zarparon en busca de la prodigiosa isla, la última de estas empresas fue en el año 1721 organizada por el Capitán General de Canarias Juan de Mur y Aguirre; incluso una carta de navegación francesa del año 1755 situaba la isla de San Borondón como una isla real a los 29º de latitud Norte y 5º de longitud Oeste de la isla del Hierro.

Descripción de su geografía

Unos viajeros franceses hicieron una de las primeras descripciones de la tierra firme de San Borondón. Asegura Marín de Cubas (1643-1704) que estos marinos llegaron a la isla cuando hacían la travesía desde Madeira hasta Gran Canaria. Desembarcaron en un puerto, no sabemos si natural o artificial, y aunque no vieron a nadie pudieron observar señales de haber hecho fuego y encontraron tres bueyes atados a unos pesebres de piedra. Durante su estancia en San Borondón cogieron naranjas, hierbabuena, mastrantos y agua fresca, todo lo cual llevaron después al puerto de Gando para certificar su historia.

Algunos datos más nos los proporciona el ingeniero Leonardo Torriani, que cuenta el caso de un barco portugués que, llegando a La Palma desde Lisboa en 1525, comenzó a hacer aguas de manera peligrosa y se vio obligado a atracar en la tierra más cercana. Resultó ser nuestra isla enigmática, extremadamente fértil gracias a que estaba atravesada por un río que alimentaba enormes y frondosos árboles. El relato fue tan convincente que propició que un año más tarde se organizara una expedición en su búsqueda, comandada por Fernando Álvarez y Fernando de Troya, que desgraciadamente volvió sin resultados positivos. Quien sí pudo comprobar la historia de los portugueses fue un hidalgo huido de la justicia, de nombre Ceballos, que en 1554 afirmó que había estado varias veces en San Borondón, una isla con espesísimas selvas que llegaban hasta el mar y que estaba poblada de pájaros que no tenían miedo de ser atrapados con las manos. 

En una playa grande y hermosa, según relató, vio huellas de gigantes y restos de haberse celebrado una comida en platos vidriados. No es el único que afirma haber observado pisadas humanas de gran tamaño en las playas de San Borondón, ya que lo mismo afirmaron unos portugueses ante la Real Audiencia de Canarias en 1570, por lo que podemos colegir que los habitantes de este país son, efectivamente, gigantes, a excepción de los marinos que estos portugueses dejaron en tierra cuando las grandes corrientes les obligaron a alejarse para siempre, y de otros nautas que fueron abandonados allí en sucesivas ocasiones y en parecidas circunstancias. Y es que las corrientes marinas alrededor de San Borondón también son de proporciones desmesuradas, como explicó el corsario John Hawkins (1532-1595) cuando afirmó que sólo los piratas, los más experimentados hombres de mar, estaban capacitados para sortearlas y arribar a tierra firme. También Núñez de la Peña (1641-1721) describe las grandes corrientes que rodean la isla impidiendo cualquier acercamiento.


Descripción física de la isla en el siglo XVIII


La más completa descripción que se ha hecho nunca fue en 1570, cuando la Real Audiencia de Canarias hizo información de todo lo que se conocía sobre San Borondón para tratar de desentrañar el misterio. Numerosos testigos declararon lo que sabían, y entre ellos destacó un marino que había desembarcado en tan hermoso lugar poco tiempo antes. Algunos autores dicen que se trataba de Pedro Vello, piloto de Setúbal, pero parece ser que en realidad fue un tal Marcos Pérez, que viajaba con él, quien compareció ante las autoridades. Su relato cuenta que cuando volvían del Brasil camino de Madeira, a la altura de las islas Salvajes, una tempestad los condujo al triángulo formado por La Palma, La Gomera y El Hierro y los llevó frente a una isla que no era ninguna de las tres. La tempestad partió la verga de la nave, lo que les obligó a aproximarse a un puerto que veían. El acercamiento se hizo tomando muchas precauciones para no varar, y así, con la sonda, comprobaron la profundidad y la composición del fondo: arena negra, muy fina primero y más gruesa al tantear la orilla.  

La tierra en que se encontraban tenía dos montañas, como habían descrito otros observadores. Éstas tenían color verde por la abundante arboleda, y estaban separadas por un profundo barranco. Lo primero que pudieron observar junto a la orilla fue un arroyo que nacía quinientos pasos más arriba y discurría por una junquera llena de mosquitos donde también había almirones (planta que conocemos como diente de león) y otras hierbas. Pronto encontraron un gran brezo en el que había una cruz, y cerca de él, restos de hogueras, cáscaras de lapas y caracoles marinos. Más arriba había una zona de tierra “de polvillo”, donde vieron huellas humanas que doblaban en tamaño las de la gente normal y que se perdían donde el polvillo daba paso al suelo pedregoso. En cuanto a los animales, pudieron ver gran cantidad y variedad de ellos; un rebaño de vacas y bueyes de hasta veinte reses de buen porte, blancas, negras, castañas y pintadas, extremadamente mansas y sin marca de propiedad; otro rebaño de cien cabezas de ganado cabrío, machos, hembras y cabritones como los autóctonos canarios; un rebaño de unas doscientas ovejas blancas y negras, que huyeron bajo la arboleda perseguidas por unos hombres que quisieron capturar algunas de ellas; una bandada de gallinas sobre un barbusano; y muy cerca del mar varios alcaudones y garzas, así como numerosas gaviotas que llegaban hasta el barco.

La Nom Truvada

La dificultad para localizar la isla en un determinado punto geográfico, le valió el apelativo de Nom Truvada la no encontrada, forjando la leyenda de la enigmática tierra y haciéndola parte de las tradiciones mágicas de Canarias. San Borondón ha seguido dejándose ver a través del tiempo hasta épocas recientes. Hay abundantes referencias literarias y bibliográficas sobre la mágica isla, a las que se unen fotografías y una grabación en video, además de dar nombres a los lugares como el caserío de San Borondón en la isla de La Palma, donde precisamente en 1958 el periódico ABC publico una imagen de la isla tomada por Manuel Rodríguez Quintero cuya imagen es bastante deficitaria. La tradición más generalizada hasta hoy para quien quiera ver a San Borondón está en la creencia de que al amanecer de entre los días 21 y 24 nuestra estimada isla se hace visible por unos instantes; a este respecto, recogimos el testimonio de Seña María Paloma, curandera y vecina del pueblo de Arguayo al sur de Tenerife y que nos relataba cómo había visto en estas fechas no una, sino dos veces a la isla de San Borondón.



Foto tomada por Manuel Rodríguez Quintero en 1958



 Muchas historias hemos escuchado sobre la mágica y esquiva isla de San Borondón, pero una de ellas nos desconcertó por el vocablo con la que se conocía. Durante el verano del 2009 mientras realizábamos un reportaje televisivo sobre las tradiciones curanderiles en la no menos fascinante isla de La Gomera, Doña Lola afamada curandera de la isla, nos comentaba historias “de enantes” y nos dijo que ella también había visto la isla de la “Manteca”; le volvimos a preguntar por el nombre y nos volvió a confirmar que ella conocía a la isla que “se parecía y ses parecía” por el nombre que siempre oyó decir a sus mayores, lo cual aporta otro elemento más sobre las tradiciones sobre nuestra isla más enigmática.

Es en definitiva uno de nuestros exponentes mágicos de nuestra cultura, enraizado en nuestro inconsciente colectivo y que tiene todos los visos de seguir provocando, con sus rehúsas apariciones, nuestra imaginación. Una leyenda en permanente, que merece perpetuarse por ser parte de la idiosincrasia de nuestra tierra.