viernes, 31 de mayo de 2013

Las momias de Araya







Momia guanche masculina, Museo Nacional de Antropología de Madrid.




 A través de la historia el ser humano ha querido atrapar una porción de la memoria de los que nos antecedieron poseyendo objetos del pasado. El trafico y comercio de antigüedades era práctica habitual en los siglos XVIII Y XIX, donde a la parte codiciosa por tener una muestra encapsulada del pasado se le unía la del valor del objeto en sí. Las Islas Canarias en estos siglos no fue ajena  a esta vorágine por obtener elementos del pasado. Ya en el siglo XVIII se propicio en las islas una intensa búsqueda de necrópolis de los antiguos guanches para satisfacer la demanda que entre las clases más pudientes de las cortes europeas se hacía para obtener el conocido como “polvo de momia” que se obtenía de la trituración de los cuerpos momificados y que según la creencia de la época devolvía, a quien lo tomaba, el vigor de la juventud.

Más tarde, en el siglo XIX la búsqueda se amplía a cualquier objeto relacionado con los antiguos canarios. 


La frecuente visita de extranjeros en las islas para realizar estudios sobre los antiguos, la condición colonial de Canarias, la falta de un organismo que se encargara de gestionar estos hallazgos en las islas y de acaudalados señores en busca de piezas exóticas que coleccionar, facilito el florecimiento de un comercio más o menos estructurado, que propicio el saqueo de diversos objetos arqueológicos canarios con destino a los museos de Europa. Para entender la dimensión que estas actividades disfrazadas de cientificismo llegaron a tener, diremos que algunos campesinos y pescadores de las islas, lo tenía como actividad secundaria para aportar un sobre sueldo en sus familias y que actuaban bajo las ordenes de personajes de origen ingles, principalmente, que se dedicaban a la venta de antigüedades.



Las momias de Araya de Candelaria y el Archiduque Maximiliano I de México.



Uno de los hallazgos más importantes de cuerpos momificados realizados en Tenerife, fue el realizado en el municipio de Candelaria, concretamente en el término de Araya. Conocemos este proceso por el informe que realizo Aureliano Fernández-Guerra y Orbe gobernador civil de la provincia de Canarias y presidente de la Comisión Provincial de Monumentos de las Islas Canarias, en 1864. En dicho informe se desprende los entresijos e intereses que estas momias tenían más allá de un descubrimiento fortuito.



Informe del gobernador civil Aureliano Fernandez- Guerra y Orbe.
                                 



 En mayo de 1862 se informa al alcalde de Candelaria sobre el descubrimiento de cuatro momias guanches, en el término de Araya en unas cuevas del barranco propiedad de Silvestre de Torres. Este da parte al Gobernador Civil y se trasladan los cuerpos a Santa Cruz de Tenerife a la espera de entregarlas a la Real Academia de la Historia de Madrid.


Hasta aquí todo sería normal, sino fuera por que aparecen en escena una serie de personajes que ponen en duda que el hallazgo de las momias fuera fortuito.



En el mismo mes de mayo, se presentan ante el Gobernador, Silvestre de Torres, Martín Díaz, Salvador Hernández y Agustín Otazu. El primero como dueño de los terrenos donde se hizo el hallazgo y los otros tres como descubridores de las momias pidiendo se le entregasen en cumplimiento de la ley de 9 de Mayo de 1835 la cual venía a decir que correspondía al estado el tesoro y a los descubridores una cuarta parte, aunque no se consideró la reclamación de los descubridores puesto que no estaba compuesto de alhajas, dinero u otros objetos de valor susceptibles de ser comerciados y que por ser momias podía considerarse profanaciones.



Es aquí cuando en Septiembre del mismo año aparece Diego Benítez, reclamando una de las cuatro momias en concreto la perteneciente a una mujer adulta y mejor conservada. Lo que relata a continuación sobre el hecho del supuesto descubrimiento de dichas momias no tiene desperdicio, por cuanto se descubre que no fue un hecho fortuito el hallazgo de los cuerpos.



Reclamación de Diego Benítez solicitando la momia femenina.


  

Diego Benítez, vecino de la Villa de La Orotava manifestó al Gobernador que era aficionado y recolector de objetos curiosos de los antiguos moradores de las Islas Canarias, que al efecto tenía  comisionados en las principales comarcas para que le buscaran y condujeran alguna momia poniéndose de acuerdo para la extracción con el dueño del terreno en que se encontrara. Añade que para complacer al Archiduque D. Fernando Maximiliano I de México que visitó la Isla de Tenerife en 1859 y le había encargado una de estas momias para su colección y que sabiendo por su encargado, Salvador González de unas momias en Araya de Candelaria, reclamaba su parte. Esto nos deja claro que esta práctica lejos de considerarse un hallazgo fue una práctica premeditada y de un intenso negocio que tenía una estructura estable que propiciaba la búsqueda de estos objetos arqueológicos, para personajes tan notables como el emperador de México.





Archiduque Fernando Maximiliano I de México.



De las grades y a la vez desconocidas protagonistas de esta historia de saqueos al patrimonio canario sabemos que una de ellas, un adulto masculino que carece de cabeza y brazos fue entregada al Gabinete de Historia Natural del Instituto de Canarias, donde actualmente se conserva; otro adulto masculino, que conservaba los brazos y piernas completos, fue cedida en depósito al Museo de Sebastián Casilda Yánez de Tacoronte y debe tratarse de una de las dos momias que no aparecen registradas en su inventario, descrito por Juan Bethencourt en 1884 y que aparecen en el segundo tomo de “Historia del pueblo guanche” fotografiadas por Diego Lebrun.



Desgraciadamente de las dos restantes, un adulto masculino, al que le faltaba el antebrazo izquierdo y el de la mujer adulta, la mejor conservada, no tenemos noticias. Aunque es más que probable que le fuera entregada a Diego Benítez y este a su vez cumpliera con el encargo del Archiduque Imperial Fernando Maximiliano I de México.




A día de hoy, todavía varias de estas momias y objetos arqueológicos están en varios museos europeos  y del mundo, Museo Británico de Londres (Reino Unido) o el Museo del Louvre de París (Francia), entre otros. En una de las salas del Museo Nacional de Antropología de Madrid se expone una momia guanche masculina que ha sido reclamada varias veces para su restitución como parte de nuestro patrimonio arqueológico, siendo denegada su devolución sistemáticamente por parte de las autoridades gubernamentales de Madrid. Unos episodios lamentables de nuestra historia, del que deberíamos tomar conciencia tod@s l@s Canari@s en preservar  de “traficantes” sin escrúpulos que, todavía aun hoy en día, pretenden lucrarse con la memoria material de nuestros antiguos.

miércoles, 1 de mayo de 2013

La piedra viva.






Guácara en Teno Alto, Tenerife.




Dentro de todas las culturas antiguas la piedra es objeto de culto, no solo como material cuasi imperecedero, sino por ser parte y soporte de esas energías sutiles a nivel telúrico y que muchas de ellas, sobre todo las del continente africano, creen que puede fijar las almas de los difuntos y servir de vehículo para que las divinidades se manifiesten.




En este sentido, uno de los pioneros en percatarse de que mucho de los lugares sagrados de la antigüedad obedecían a practicas chamanicas relacionadas con las piedras, fue Jean Clottes, prehistoriador francés, que ha sido asesor del Ministerio de Cultura francés, conservador general de Patrimonio y presidente del Comité internacional de arte rupestre (Icomos). Actualmente es responsable de la investigación científica  de la Cueva Chauvet y  presidente del Comité Internacional de Arte Rupestre de la Unesco y autor de numerosos libros sobre arte rupestre. 

El prehistoriador francés, Jean Clottes.


 Considerado uno de los más prestigiosos científicos en su especialidad en el mundo, en su interesantísimo libro “Los Chamanes en la prehistoria” escrito junto a otra autoridad en esta materia David Lewis-Williams, estudia a la posibilidad de que el arte rupestre tuviera un fuerte vínculo con las sociedades chamánicas, con su cosmovisión y sus prácticas rituales; en definitiva, que el arte rupestre fuera un arte chamánico. El estudio arranca con una introducción al chamanismo, sus prácticas, sus técnicas, los estados alterados de la conciencia, la función en las sociedades arcaicas (caza, sanación, relación con espíritus de los animales o tutelares...).

Durante una visita que realizó a la isla de La Palma para interesarse por los grabados de La Zarza y La Zarcita, pude mantener con él una animada charla sobre los lugares de culto de los antiguos canarios. Comentaba que después de haber visto varios de ellos en la isla y desde su experiencia en este tipo de lugares, argumentaba que responden a los mismos patrones de búsqueda intencionada de ciertas piedras, que revelaban unos fuertes vínculos con las energías de la naturaleza.



 Y es esta parte, la que abordaremos en estas líneas dentro de los conjuntos ceremoniales de grabados rupestres y piedras de culto (litófonos, menhires…etc.)  que jalonan nuestra geografía insular.


En Canarias estos lugares han sido objeto de investigación en los ámbitos académicos sobre su simbología y epigrafía, pero dejando de lado las posibles implicaciones chamanicas de las mismas. En este caso queremos hablar desde el conocimiento que los antiguos tenían para aprovechar las energías de estas piedras por  sus propiedades tanto para la sanación como para provocar estados alterados en la conciencia y como muchas de estas zonas fueron buscadas es profeso para tal fin.


La tradición oral habla de muchos de estos sitios como potenciadores de “mágicas” como podrían ser las estaciones rupestres o de sanación como lo son muchas guácaras y litofonos.

Estos lugares podríamos aglutinarlos en dos grupos. Los que corresponderían a niveles de vibración a través del sonido, ya sea mediante percusión de la piedra misma o emitiendo cierto tono de voz o percusión con tambor delante de ellas. Y las que obedecen a la emisión de los llamados iones negativos que desprenden.





En el caso de los grabados rupestres y litófonos, las piedras por las que se decidieron son las de las particularidades de vibración que fueron utilizadas tanto como para poder alterar la conciencia en las ceremonias como para la sanación. Curiosamente estas reverberaciones que producen las piedras al percutirlas o utilizar tonalidades de voz están en una frecuencia de 528Hz. La frecuencia 528 Hz es de la que más se habla por ser usada por los biogenetistas para la reparación del ADN. En un entorno  ceremonial provoca estados de alteración de la conciencia. Esta frecuencia vibracional junto a la geometría representada por nuestros antiguos en las piedras, facilitarían a los asistentes entrar en trances colectivos o individuales.





Litófono en las piedras de Malpaso, Arona.



 En el caso de las guácaras y lugares de culto, su utilización se debe a las particularidades de las piedras para emitir  iones negativos cono conocido como el ion de la felicidad. Los niveles para que los iones negativos interactúen con nuestro organismo, se han fijado en  una escala de 300 iones negativos. En muchos de estos lugares utilizados por nuestros antiguos, las mediciones pueden llegar a unos niveles de 2.700 a 3500 iones negativos en exposiciones de 30 minutos.


Cuando la cantidad de iones negativos en la sangre se aumenta a niveles por encima de 300, la función de la célula se activa y promueven la producción de glóbulos en la sangre, resultando en una mayor resistencia contra las enfermedades, por lo que eran utilizadas para reequilibrar los campos energéticos del individuo y su sanación física.



Estas practicidades de los lugares de culto dispuestos por los antiguos, siguieron utilizándose por las gentes de nuestros campos, conocedores de las propiedades beneficiosas de las mismas teniendo por norma descansar en los mismos a la vuelta de las faenas del día; no en balde por esa razón aun hoy se las conoce por un sugestivo nombre que muchos de nosotros hemos repetido, PIEDRA VIVA…