jueves, 20 de noviembre de 2014

LA GOMERA, TIERRA DE ALZADOS






Isla de La Gomera






La isla de la Gomera guarda aun hoy su esencia ancestral a través de sus campos, sus gentes y sus costumbres. Tierra que ha visto desde la llegada de los castellanos, las injusticias sobre la población, conociendo durante siglos como sus vidas son tratadas de forma caprichosa por el cacique de turno.

A pesar de estas circunstancias, que de alguna manera siguen perpetuándose hasta nuestros días, sus habitantes son los únicos que nunca fueron conquistados. Su orgullo prevalece a pesar de los reveces de la vida, dando episodios que nos dan una idea de esa rebeldía que siempre se intuye en la mirada de los hombres y mujeres de La Gomera, de quien se sabe nunca ha sido vencido.

La oralidad en esta isla, nos ha legado a través de sus pies de romance acompañados de las chácaras y el venerable tambor gomero, una fuente de conocimiento de los episodios que han acontecido en esta tierra.

De todos es conocido el episodio acreditado como “La rebelión de los gomeros” y que la memoria oral conservo profusamente. Si bien se piensa que este acontecimiento se produjo por los amoríos de la nativa Iballa y el conde castellano Peraza, la razón obedece a la rotura de un tabú por parte de Peraza y el desconocimiento del castellano sobre los rituales nativos. En el pasado, Peraza, había compartido el gánigo, con los jefes comarcales de Amulagua e Hipalán, pasando de esta manera a ser aceptado socialmente como sajaña (hermano en el aspecto de pertenecía a un determinado clan).

Sus requerimientos amorosos hacia Iballa rompe este vinculo, pues al ser esta perteneciente a Hipalán, estaba teniendo relaciones con una “hermana” motivo por lo que se decidió romper el ganigo y su ejecución por parte de un guerrero sagrado para borrar la afrenta, Hautacuperche.





El guerrero Hautacupreche



A través de los pies de romances y de la memoria oral, se conservo este suceso, que tuvo consecuencias de un levantamiento nativo y la posterior represión de la población.

Los lugares como “La baja del secreto” en alusión al término donde se llevo a cabo la reunión, para dar muerte a Peraza, situado a pocos metros de la costa, un pequeño bajío sigue aflorando como testigo del solemne acontecimiento.

En este sentido, también la memoria oral nos “desvela” el por qué de la elección por parte de los conjurados del lugar.

“En la baja el mar barre sin permitir el crecimiento de planta alguna. Por eso la reunión tuvo lugar allí. Lo que se habla en la tierra se filtra como el agua, y la tierra es hembra y pare”

Este episodio de la historia gomera se saldo con la muerte del castellano Peraza y el alzamiento el 20 de Noviembre de 1488 de las distintas comarcas gomeras, al grito de  “Ya el gánigo de Guahedum se quebró”  y posterior asedio de los nativos a la llamada “Torre del Conde” hasta que Pedro de Vera llega en marzo de 1489 enviado por los Reyes Católicos en auxilio de Inés de Bobadilla.

Lo que aconteció a continuación, es uno de los múltiples episodios vergonzosos y crueles de la historia colonial de Canarias.

Beatriz de Bobadilla condenó a todos los gomeros y gomeras de quince años arriba, del Bando de Orone y Mulagua a la muerte por “traidores”.







Ordenó que fuesen ejecutados. No se perdonó la vida a ninguno, aplicó diversos géneros de castigo antes de morir, arrastrados con caballos, laceración de pies y manos, latigazos; para la pena capital dispuso distintos métodos, arrojados al mar amarrado con piedras en los pies y manos, empalados, quemados en la hoguera y degollados…



La rebelión en los genes

No ha sido el único episodio de actos de rebeldía contra la injusticia en la historia gomera.
En el pueblo de Chipude cuya fama de gente dura, ha sobrepasado los límites de La Gomera, se han producido otros sucesos dignos de mención por su repercusión social y que fueron recogidos en pies de romances.




Pueblo de Chipude, con La Fortaleza al fondo


Fue en agosto del año 1960 cuando tuvo lugar la llegada del primer vehículo de motor a la plaza de la mencionada localidad. Venía de Gran Rey y aún no se podía ir hasta Vallehermoso pues faltaba un tramo de vía por concluir. Con anterioridad, los agricultores y pastores de Chipude hacían uso de ancestrales caminos “a cuestas y con bestias” o valiéndose del lenguaje silbado cuando querían comunicarse con los vecinos de los caseríos próximos.

Según relata la tradición oral, fue en ese vehículo quien trasladó hasta Chipude el primer cobrador de impuestos. Se apellidaba Solís y pretendía cobrar recaudación a los habitantes por el uso de esta vía. Para los habitantes de Chipude aquello tuvo que haber sido una experiencia muy fuerte; jamás se había hecho nada por ellos y  entendían con razón  que los bienes que poseían los habían heredado limpiamente de sus antepasados.

Se produjo un forcejeo, bajaron a “Solú” del coche y lo colgaron de un árbol por los testículos. Posteriormente lo llevaron hasta Laguna Grande al objeto de matarlo y enterrarlo. No lo hicieron, y la oralidad refiere “y después les costó caro no haberlo hecho” pues mucha gente fue represaliada y otras tantas tuvieron que salir huyendo de La Gomera. De toda esta historia brotó un pie de romance que refería:
“Dijo “Solú” en Hermigua, que en Chipude no habrá quien viva”.

Fue unas veces el lógico y justo a sus derechos (tal como se ha reflejado en el episodio del funcionario Solís) y en otras ocasiones las circunstancias del devenir histórico, algunas de las constantes que obligaron a los habitantes de Chipude a tener que solventar las diferentes papeletas que les fue mostrando la vida, como cuando el pleito por La Pedregosa “terrenos de malsembrar” que dirían los viejos, ante las pretensiones del alcalde de Hermigua a quedarse con los terrenos, los vecinos de Chipude le sacaron a los de Hermigua el pie de romance que clama:


«Si La Pedregosa es bella, atrévete y vete a ella».

Según la opinión popular, debió haber sido por los años 15-20 del pasado siglo XX cuando el cura de Chipude decidió restaurara su Patrona la Virgen de Candelaria, enviándola a Barcelona.

Pasó desmesuradamente el tiempo y se corrió la voz de que el eclesiástico había vendido o cambiado la Santa y devocional imagen.

En cierta ocasión, por la festividad de la virgen, le cercaron con sus tambores y chácaras, conducidas por los siguientes pies de romances:

«De las costillas del cura sacamos la Virgen pura»

«Si la Virgen no aparece, el cura desaparece»

El último de estos acontecimientos, dignos de mención, ocurrió en la década de los ochenta del pasado siglo.

En 1982, los chipuanos “bajaron en peso” a San Sebastián, por los caminos ancestrales, reclamando con silbos:

«Tenemos sed, queremos agua».




* Dedicado con afecto a mi sajaña Gregorio Mesa Navarro, embajador del orgullo gomero y chipuano.