sábado, 21 de febrero de 2015

Maguadas, custodias de la feminidad sagrada.








La mujer tenía un papel preponderante en las comunidades nativas canarias, como dadoras de vida, transmisoras de la herencia ancestral y transformadora del equilibrio en las energías que nos rodeaban.

Por ese motivo se las consideraba sagradas y el nombre que recibían al alcanzar a los 14 años la mayoría de edad dentro de la sociedad, Chamato, nos da una idea de ello pues Chamato también recibía la deidad hechas de madera de tilo, de veinticuatro centímetros de largo y de tres muescas en uno de sus extremos, que presidía las celebraciones a la fertilidad y el símbolo de las comunidades de las maguadas (conocedoras), las mujeres sagradas del mundo de los antiguos.


NACIMIENTO PREDESTINADO

Las crónicas de los frailes que venían con los castellanos, las describieron como una suerte de monjas de clausura que precedían ciertas ceremonias. De hecho, muchos de los lugares donde se desarrollaron estas comunidades de mujeres sagradas, quedaron en la memoria colectiva con el nombre de “barranco de las monjas”, “llano de las monjas”, “punta de las monjas” o una denominación curiosa que aun da nombre a una playa al sur de Tenerife, “Playa de la viuda”.

Las comunidades de las maguadas, las sámaras (poder o conocimiento), estratégicamente ubicados en lugares sagrados dentro de cada comarca y comprendían un espacio de cuatro kilómetros cuadrados, siempre estaban custodiados por guerreros para impedir el paso a cualquier persona en los días que no estuviera permitido acudir a los mismos. Uno de estos sámaras, los llamados daxay (estrella) eran donde iban a parir las mujeres que habían quedado preñadas en la noche del error.

En estas comunidades, los niños y niñas nacidos en esta celebración estaban considerados hijos de la divinidad y por lo tanto tendrían una educación tendente a desarrollar sus vidas en las distintas castas sacerdotales; en el caso de las niñas, como futuras maguadas. Si bien es verdad que las niñas que ingresaban en estos lugares, provenía de su nacimiento sagrado, también solía ocurrir que niñas con ciertas predisposiciones dentro de los distintos auchones (clan familia) eran propuestas por la maguadas a su familia, para ser decretadas como mujeres sagradas.

Los sámaras estaban destinados para la educación de las niñas de los auchones de la comarca, cualquiera que fuera su condición social y que no formarían parte de las comunidades de mujeres sagradas. A partir de los 7 años y hasta cumplir la edad establecida para ser reconocida a los 14 años como mujer de pleno derecho en la sociedad, acudían por largas temporadas a los sámaras dentro de sus comarcas para aprender guiadas por las ancianas maguadas, conocimientos que les servirían en su vida diaria y que recibían el nombre de harimaguadas (la que aprende a conocer).





Entre estos conocimientos estaban la de las horas propicias para emprender una actividad como era la de la preparación de los alimentos, la preparación de las pieles, uso de las plantas para sanar y la utilización de las energías sutiles en intencionalidad, tanto para alimentar el fuego del hogar como para preparar la cerámica que habría de contener los alimentos de los que se nutrirían los seres queridos.


PROFESADAS PARA FEMINIDAD SAGRADA

En el caso de las futuras maguadas, cuando la niña cumplía los 7 años, se las reunía en grupos de 6 y eran dadas para su educación a una maguada de los distintos daxay, que las acompañaría en su aprendizaje hasta ser permitidas como maguadas al cumplir los 14 años.

Las niñas después de una ceremonia alrededor del fuego, en días señalados para ello coincidiendo con la aparición de cierta estrella, se le pintaba con almagre dos círculos rojos con un punto blanco central en ambos pómulos, que las identificaría como discípulas de la feminidad sagrada y se las vestía con un traje sin mangas de piel finamente gamuzada de color blanco que le llegaba hasta los pies igual a las maguadas consagradas.



Durante 7 años serian instruidas en los conocimientos ancestrales de sus comunidades y los distintos ritos espirituales para alejar la enfermedad, las energías del abesan (lo oscuro), atraer buenas cosechas, custodiar el ganado sagrado de donde se obtenía la leche para las ceremonias, invocar la lluvia, asistir a los ritos para los partos y del agua para el niño o niña, testimoniar la ceremonia de desfloración de las mujeres vírgenes por parte de la mujer más anciana del auchon, conocer, identificar y proyectar las distintas energias y,  por sobre todo, a cultivar su condición de mujeres sagradas manadas de la deidad de Magec (sol) en su aspecto femenino y su energía vital, la cual nunca debía descuidar, para equilibrar las energías femíneas profundas, que sus antecesoras habían dispensado a través de sus ritos en las comarcas donde habitaban.

Alcanzada su mayoría de edad, las 6 aspirantes a maguadas, eran reunidas en determinadas fuentes cercanas al daxay para dar comienzo a su consagración. Durante 6 días, comenzando con una luna menguante y terminando en el creciente, las muchachas se bañarían en un ambiente festivo en las aguas que manaban de dicha fuente presididas por un ídolo Chamato. 






Con la luna creciente, las aspirantes guiadas por su educadora recibirían la diadema de flores que tendrían que recoger cada mañana y llevar hasta su muerte. A continuación, su educadora entonaría una invocación, que recordarían a la iniciada sobre las maguadas que la antecedieron y su responsabilidad con la comunidad mientras le borra los círculos de sus pómulos, untarle una mezcla de hierbas, almagre y grasa animal en su vientre para después darle el aliento de su boca que la iniciada debía aspirar como principio de la energía como maguada que debía acrecentar durante su vida.

Posteriormente serian presentadas ante la sociedad como nuevas mujeres venerables y de esta manera quedarían consagradas como maguadas.

Durante toda su vida, las maguadas, vivirían en las comunidades asignadas, asistiendo las ceremonias que se producirían en sus comarcas. Su condición de sacerdotisas impedían encuentros con hombres, a excepción de las reuniones pactadas en las ceremonias a la fertilidad de la luna creciente, con varones de su misma condición espiritual y que jamás implicaría penetración vaginal.

No respetar su condición sagrada en este sentido, implicaría una sentencia a muerte, siendo emparedada viva de cara al mar y el mismo castigo para el hombre.
Aunque las maguadas también tenían la libertad de abandonar su camino consagrado e integrándose en la sociedad, perdiendo su condición venerable.

La reverencia que las sociedades nativas profesaron por las mujeres en particular y las madres en especial, fue un claro ejemplo del respeto que se sentía por aquellas que nos dieron la vida y el sustento. Las mujeres eran las únicas que podían dar el maxio (espíritu vital) y que darían el derecho a pertenecer en pleno derecho a la sociedad, cohesionaban al clan familiar y mantenían la memoria espiritual de la misma, por lo que las leyes eran estrictas con quien se atreviera a causarles daño.

Las maguadas fueron su máximo exponente en la sacralidad femenina, la misma que hoy sigue existiendo en cada mujer que reconoce y respeta su diosa interior.





Las canarias, como mujeres y madres, son el reflejo de esa herencia. Las mujeres y hombres de esta tierra, seguimos conservando nuestro origen ancestral y nuestra individualidad particular gracias a ellas… como portadoras de un legado que se pierde en las brumas del tiempo.

Como decían los antiguos:


“Todo hombre que se mire el chirgo y tenga ombligo, jamás hará daño a una mujer”





domingo, 15 de febrero de 2015

Los guabores y su esencia.








Desde los albores de la humanidad, las primeras comunidades siempre dependieron de personas dentro de los clanes, para defender a sus miembros y sus pertenecías de ataques provenientes del exterior ya fueran estas de animales o de tribus rivales.

Con el tiempo, estas personas se definieron y estructuraron sus formas de actuar conformando lo que hoy conocemos como guerreros.

El guerrero con el devenir de los tiempos, basara su actuación en el honor y la protección de su grupo.

Entre los antiguos, el guabor (guerrero), cumplía la función principal de protección de sus comarcas, ante una agresión externa.


EDUCACION PARA LA DEFENSA

Los antiguos preparaban a sus hijos varones a partir de los 7 años en distintas modalidades de combate, siempre que el niño tuviera las aptitudes que lo hicieran apto para formarse como guerrero. Este menester recaía en su padre y los varones que conformaban el auchon (clan familiar) al que pertenecía el joven. Se les animaba a tomar parte en distintos juegos tendentes a educar al futuro combatiente.





De esta manera, se ejercitaba el cuerpo para adquirir cualidades efectivas como la rapidez física y la preparación mental en los enfrentamientos que tendría que mantener en el futuro.

Cuando se alcanzaba la mayoría de edad a los 14 años y su pleno derecho como acurum (hombre) a pertenecer a la sociedad, el individuo podía ser movilizado para la defensa de la comarca e iniciándose como guabor, una distinción que los jóvenes de las castas más bajas de la sociedad nativa ansiaban, pues a través de los actos heroicos de guerra se podía alcanzar para sí y su familia la pertenecía a la nobleza.


EL GUABOR

En épocas donde no habían conflictos entre las distintas comarcas por circunstancias de demarcaciones territoriales, robos de ganado o injerencias en los pastos designados, cada auchon debían facilitar la cantidad de seis combatientes a la protección preventiva del territorio, concentrados el lugares asignados al efecto y que debían prestar este servicio comunitario por espacio de una luna, siendo reemplazados al termino de la misma, por nuevos guerreros.

Cuando en estas partidas de 6 hombres aportados por un auchon, se presentaba un aspirante a realizarse como guabor, se procedía a celebrar una ceremonia. La misma era tendente a enseñar al aspirante los códigos que regulan los enfrentamientos nativos, la significación de los colores que este podría presentar en combate, el cuidado de su esencia como guerrero frente a la altanería, la relación espiritual con el arma con la que se sintiera más cómodo luchando y que el mismo debía fabricarse.





Entre estas enseñanzas habían algunas que el aspirante debía tener, como guabor, toda su vida presente, pues de no hacerlo podría acarrearle el desprecio de su auchon y el destierro de su comarca; nunca enfrentarse a nadie en un acometimiento que no esté a su altura combativa, jamás rematar a un oponente que yaciera mal herido en el suelo o que se rindiera a tu persona, causarle mal a las mujeres y niños que recogieran los cuerpos de sus fallecidos o heridos en el campo de batalla, era las que más se remarcaban, pues lo que se quería conseguir era un guerrero que velara por la seguridad de la comarca, no la de un asesino despiadado…

La ceremonia de iniciación consistía en consagrar al futuro guabor a la divinidad que un Samarin (hombre de poder) había previsto previamente, fuera esta Magec (Sol) en su aspecto masculino o Guamulan (luna) en la misma perspectiva. Se encendía una gran hoguera en mitad de la guácara (plaza ceremonial) apadrinado por un guerrero vivo con amplia experiencia junto otro de su familia que hubiera fallecido y que serian los que guiarían al nuevo guabor cuando entrara por primera vez en combate. Después de unas letanías pronunciadas por el Samarin, se le preguntaba al iniciando si aceptaba su designo, pintándole con almagre el símbolo distintivo que atestiguaba su pertenecía a determinado grupo de guerreros durante toda su vida y que jamás debía deshonrar con su actitud en batalla o en la vida cotidiana.


LA ENTRADA EN COMBATE

Cuando los guerreros eran solicitados para entrar en batalla, cada auchon aportaba todos sus guabores en disposición de combatir. Junto al chaurero (jefe del clan) partían hacia el lugar donde se concentrarían todos los guerreros de la comarca. Hoy quedan en la memoria de nuestros mayores los lugares de concentración que se designaban al efecto como “llanos de los infantes” y a cada contingente de guerreros se les ponía bajo el mando de un sigoñe (jefe de guerreros).





En estos lugares se designaban las tarjas (marcas) de reconocimiento para los combatientes que consistían en el pintado de dos rayas horizontales en los hombros de los guerreros; dos rayas blancas, significaban que sus portadores no tenía experiencia en batalla, dos rayas rojas indicaban que el combatiente tenía experiencia en batalla pero no había dado muerte en combate y dos rayas, una negra y otra roja, que quien la poseía era un guabor con amplia experiencia en combate y había dado muerte en contienda.

Estas marcas se realizaban para que los combatientes se reconocieran en los combates, luchando en igualdad de condiciones y para ganar el honor en batalla con alguien de tu misma preparación.

La noche antes de ir al campo de batalla, los guerreros celebraban una ceremonia alrededor del fuego donde se bailaba e invocaban los espiritus de los guabores fallecidos para alentarlos al combate guiados por un Samarin que les proporcionaba ciertos ungüentos que untados en el cuerpo ayudaban para soportar los rigores de la lucha.





El día que las dos facciones entraban en combate, cada sigoñe daba palabras de ánimo a sus guabores, alentándolos a ganar el honor para su comarca, la defensa de los suyos, a luchar con coraje y no con odio, pues sus oponentes estaban allí para cumplir con el mismo trance.

Justo después, los aljijides de las mujeres azuzando al combate a sus hombres se dejaban oír por todo el campo de batalla, junto al grito que designaba la acometida:

¡¡¡ DATANA!!!


LA ESENCIA DE NUESTRA CULTURA GUERRERA

Poner en práctica la esencia que designo a nuestros antiguos guerreros para enfrentarse, debe ser la misma esencia que hoy se enseñe a quien decida aprender uno de nuestros artes marciales, pues si no, solo estaremos apostando por las formas vacías y el folclore más absurdo; y las formas nunca deben solapar la verdadera identidad que nuestros antiguos guabores concebían, pues no solo es un aprendizaje para luchar, sino como enfrentar nuestra vida cotidiana. El guabor lo es en el campo de batalla y fuera de este.


Entrenamiento de tolete canario (Escuela de Artes maciales Achinet)




Como decían los antiguos, “no todas las maderas son dignas para fabricar un arma de combate, ni todos los hombres dignas para empuñarla”



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Dedicado con cariño a la memoria de mi amigo Pablo Pena, quien supo cultivar siempre, la esencia de lo      que significaba ser un guerrero. TELVI TEFIN!!

miércoles, 11 de febrero de 2015

Antonio Ruíz de Padrón, un cura gomero defensor de las libertades.






Antonio Ruiz de Padrón


Antonio Ruiz de Padrón nació en la villa de San Sebastián de La Gomera, Islas Canarias, el 9 de noviembre de 1757, pequeña población en la que abundaban los pescadores.

Gracias al cura párroco, que reconoció el talento innato del joven Antonio, pudo aprender gramática, aritmética, historia y algunos rudimentos de latín. Con solo diez años se trasladó a vivir a La Laguna, en la vecina isla de Tenerife. Allí ingresó en el convento franciscano de San Miguel de las Victorias. El mismo afirmó que ingresó muy niño y contra el dictamen de su padre. Su brillante currículo académico en teología y su predisposición para las letras fueron vistos por los frailes como una esperanza para la Orden Franciscana, y animado por estos, toma los hábitos en 1781.

Por aquella época, comenzó a participar en las Tertulias de Nava, organizadas por Tomás de Nava-Grimón y Benítez de Lugo (1757-1832), marqués de Villanueva del Prado. Gracias a su inteligencia y al apoyo de Tomás, pudo acceder a ese grupo privilegiado de grandes hombres que se congregaban en las famosas tertulias. Su carácter franco y su rebeldía, unida a su simpática naturalidad, le granjearon muchas amistades, como las del historiador José Viera y Clavijo y del célebre Cristóbal del Hoyo y Solórzano, vizconde del Buen Paso, quien lucho toda su vida por la erradicación del Santo Oficio. Ese mismo año fue admitido como miembro de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, demostrando así, que no solo le interesaba el mundo religioso sino también la ilustración y la formación del pueblo, asuntos que le preocuparían el resto de su vida.

En 1785 Ruiz de Padrón partió, repentinamente,  desde Tenerife rumbo a La Habana. El motivo de su salida no está muy claro, pero es seguro que los procesos emprendidos contra el por La Inquisición fueran el motivo de su apresurado viaje. Pero el destino le tenía reservado otro derroteros al fraile gomero y, debido a una fuerte tempestad, su barco fue desviado al norte de los Estados Unidos, naufragando en algún punto de la costa de Pensilvania.

Ayudados por los pobladores de la costa, los supervivientes encontraron refugio a las penalidades del naufragio. Después de unos días de reposo, Ruiz de Padrón se dirigió hacia Filadelfia, que por aquel entonces era una ciudad bulliciosa y con una notable actividad cultural. Sin más equipaje que una bolsa de viaje y completamente desorientado, se estableció en aquella urbe desconocida en la que se hablaba un idioma que no conocía.

Rápidamente se relacionó con la numerosa colonia de católicos a quienes se acercó por su obvia afinidad, pero pronto le cautivaron las nuevas corrientes liberales que hablaban de libertad, igualdad y justicia social.

Esos novedosos conceptos le atrajeron fuertemente y, de forma anónima, terminó participando en numerosas tertulias que debatían estas nuevas ideas. Su mente evocaría aquellas otras a las que había asistido en Tenerife y le llamaría la atención el paralelismo entre ambas. 

Con diferencias a las tertulias en las que participo en La Laguna, pues el caldo de cultivo americano era aún más sustancioso y quienes las propiciaban fueron los primeros dirigentes de la nación norteamericana. En aquellas tertulias discutió de forma acalorada y reiteradamente, le reprocharon la existencia de la Inquisición española.

Sin embargo, se prestó al debate, y su apertura de mente le permitió asimilar las nuevas ideas y modificar sus arraigadas creencias. El  joven clérigo canario, fue invitado a participar en otros debates junto a diversos seglares protestantes en la casa de uno de los próceres de la independencia de Norteamérica, general George Washington y donde conoció a otro de los padres fundadores de la nación norteamericana, Benjamín Franklin con quienes compartió amistad e influyeron en los pensamientos liberales del joven Ruiz de Padrón. 


George Washington

En esas jornadas se le preguntaba con frecuencia por qué defendía a una iglesia que había inventado algo tan horrendo como la Inquisición. Él contestaba que no trabajaba para la iglesia sino para el poder divino, y que esa institución era contraria al evangelio.

Benjamín Franklin y George Washington le granjearon su amistad, incluso fue confesor personal del general Washington. Franklin decía del religioso gomero: La palabra de Pablo el Apóstol mana por la boca de este franciscano que nos regalo el mar. Y fue motivo para que los dos próceres invitaran a que en público manifestase tan extraordinarias opiniones como le oían a diario en su conversación y para este propósito, le facilitaron en Filadelfia lugares y templos para deslumbrar a los oyentes con su inimitable elocuencia, pues el fraile gomero, se reveló un orador brillante desde el primer momento.


Benjamín Franklin

Su primer sermón público, lo que hizo en la Roman Catholic Chuch de Filadelfia. Debió de ser de lo más elocuente, pues inmediatamente fue traducido al inglés, repartido por numerosas iglesias y leído en las funciones dominicales, recorriendo los Estados de Norteamérica, granjeándole numerosas simpatías.

En el sermón incorporaba los nuevos conceptos y su visión sobre la retrógrada herramienta que la Iglesia Católica en España tenía para convencer a los descarriados. El éxito del escrito colaboró a cambiar la perspectiva que en el mundo anglosajón se tenía de los católicos, pero también contribuyó a que la imagen de España se devaluara ante los protestantes americanos.

Consecuencia de esas opiniones tan avezadas le ocasionaron que en España muchos le criticasen por enjuiciar tan ligeramente la historia y la religión.

En 1789, regresó a España después de un año de estancia en la isla de Cuba, donde se granjeo la enemistad de las autoridades eclesiásticas y de la burguesía, por sus arengas a favor de abolir la esclavitud. Abandonó los hábitos franciscanos, tras una estancia en una parroquia de Quintanilla de Somoza, León. En 1811 fue nombrado diputado a las cortes generales por Canarias y, un año más tarde, en 1812, hizo su mejor aportación colaborando en las cortes de Cádiz en la redacción de la Constitución española. Entre las ponencias fue famosa su alocución para abolir la Inquisición del territorio nacional, la creación de una universidad en Canarias y la eliminación de ciertos tributos abusivos aplicados a los ciudadanos de Galicia.

Es evidente que la influencia de Ruiz de Padrón en las gentes de su tiempo fue definitiva. Por medio de las tertulias de Filadelfia, el clérigo se imbuyó de las nuevas ideas y las volcó en la primera Constitución de España, de 1812. De hecho, el sermón contra el Santo Oficio terminó incluyéndose como un anexo de la misma.


Discurso de Ruíz de Padrón en las Cortes de Cádiz

El 5 de enero de 1813 se inició el debate que versaba sobre el tribunal de la Inquisición y su incompatibilidad con la Constitución. El día 18 le tocó el turno a Ruiz de Padrón. Su discurso fue demoledor y tremendamente convincente,  que en la votación realizada el día 23 dio como resultado noventa votos a favor de la supresión del Santo Oficio contra sesenta.

Estas fueron las últimas palabras del diputado canario:

“Señor, nada he pronunciado delante del Congreso que no sea público, no solo a la Nación, sino a toda Europa. Debo repetir que he sido muy contenido y moderado en la pintura que hice de este odioso y horrible tribunal, que desde el establecimiento en Castilla comenzó a desenfrenarse y excederse en golpes de arbitrariedad, crueldad y despotismo”.

El insigne cura gomero, falleció en Villamartín de Valdeorras, Galicia, el 8 de septiembre de 1823 cuando contaba 66 años de edad.

Antonio Ruiz de Padrón fue teólogo, predicador distinguido, notable economista, docto e ilustrado, pero por sobre todo, su vida se caracterizó por la defensa de la libertad y la lucha por los derechos humanos y el progreso en una época oscura.


Nunca regresó a su añorada isla de La Gomera, pero siempre se sintió preocupado por el devenir de la isla, que se desprende de la correspondencia que tenía con su hermana, a la que consultaba si los cambios nacionales influían en el devenir de La Gomera. Siempre ansió un regreso que nunca se produjo, y  según sus palabras, “volver a comer gofio y pescado fresco”.